El miedo, la prudencia y la coherencia

 

No sé si el razonamiento que me ha devuelto de nuevo la ilusión por escribir, y por querer compartirlo tiene algún sentido, pero me apetece contarlo.

Sobre las 15h. de esta tarde de domingo recibí la primera llamada de alerta. Yo estaba trabajando en mi tienda del Barrio de las Letras de Madrid, que abro de 12 a 19h. cada domingo.

– ¿Oye tienes mucha gente en la tienda? 

– A estas horas estoy tranquila. No hay nadie. Supongo que todo el mundo está en su casa descansando del ajetreado e intenso puente de 5 días, y de las compras, las copiosas comidas, reuniones sociales, eventos, mercados navideños, conciertos, pelis, viajes… Contesto.

– Pues deberías irte a casa antes de que llegue Ana.

– ¿Ana? ¿Qué Ana? Le digo.

–  ¡Ana… El temporal!  La ciclogénesis explosiva que está entrando en la Península. Acaban de decir que la gente adelante la vuelta y que estén preparados para fuertes lluvias y vientos. Así que yo, si fuera tú, cerraba antes y me iba  a casa por si acaso.

Después de la carcajada lógica por mi ignorancia con respecto a “Ana”, agradezco el aviso y salgo a la calle para ver si se intuía la llegada de la tempestad. Parece un poco raro lo que voy a decir, pero todos los momentos más convulsos de mi vida han venido acompañados de fenómenos metereológicos intensos, como tormentas, nevadas en primavera e incluso terremotos, así que no me sorprendía la noticia porque justo estoy en un punto vital bastante complicado. Así que una anécdota más para añadir a mi lista de señales que el universo me manda cuando sufro.

En la calle no se notaba nada. Todo lo contrario,  11º de temperatura, la más agradable en muchos días, en los que el termómetro bajaba incluso de los cero grados. Lloviznaba, esa lluvia que casi ni moja y deja limpio el cielo e inunda las calles de un agradable olor a mojado, y una leve brisa que despejaba mi pelo de la cara mientras permanecía parada, de pie en la puerta, atenta a las señales del cielo. Sensaciones todas tan agradables, que han hecho posible que una oleada de bienestar y optimismo reinase en ese momento.

Entré a la tienda y miré la previsión del tiempo en mi móvil, que suele ser acertada, y ofrece una descripción por horas para toda la jornada. He optado por confiar en ella, además cumplo mis compromisos y el horario de cierre los domingos, tanto en la tienda de arriba como en la mía (que se encuentra en el Sótano), es a las 19h. Así que esperaría hasta esa hora. Estaba tranquila…

Pero una segunda llamada de otra persona distinta me pone de nuevo en alerta. Mi madre me cuenta que mi hermano ha sacado su coche del garaje porque en alguna ocasiones, cuando llueve de forma torrencial, se inunda, y lo ha dejado en otro garaje más seguro. Y de nuevo la pregunta ¿no vuelves a casa ya?

Vivo a 30 minutos de Madrid, en la periferia, y los domingos me llevo el coche para tardar menos. No libro ningún día de la semana, pero hoy al terminar mi jornada laboral a las 19h. puedo regresar antes a casa, o aprovechar para tener un poco de ocio en la ciudad.

Después de pasarme 3 de los 5 días de puente en casa resfriada, sin poder salir y sin moverme del sofá más que para prepararme sopas calientes, y mucho té con miel, y tras estar los otros 2 días (sábado y domingo) trabajando, había planeado para el resto de mi tarde libre ir caminando hasta una papelería que cierra a las 21h., de camino tomarme un café calentito, y buscar un nuevo libro para este mes, porque del que estoy leyendo esta semana apenas me quedan unas pocas páginas. (Me he vuelto adicta a la lectura, y estoy leyendo 1 libro por semana, pero solo compro 1 al mes, el resto son prestados o los tengo ya).

Y aquí ha empezado el dilema: “Ser o no ser… esa es la cuestión“…

  • Ser prudente e irme a casa cuanto antes. No serlo y que me pase algo en la carretera, por no hacer caso a las advertencias de peligro, si me voy más tarde.
  • Resignarme… y tener un motivo más para quejarme y autocompadecerme. Llegar a casa pronto y hacer lo que he estado haciendo los 3 días que he estado enferma. O creer en el destino, seguir adelante con lo que tenia planificado y arriesgarme a quedarme incomunicada en la ciudad sin poder volver a casa. En un segundo mi carácter optimista busca solución, si ves que la cosa se complica, llamas a alguna amiga, o familiar que viva en la ciudad, y duermes en su casa hasta que amaine el temporal, o buscas un hotel.
  • Disfrutar del momento, hacer caso a mi instinto y quedarme un rato más, o marcharme y luego arrepentirme de lo que me he perdido. No tengo muchas ocasiones para hacer lo que hoy pensaba hacer. Normalmente estoy tan cansada de toda la semana que me voy directa a casa, así puedo hacer la colada,  o aprovecho para hacer la compra en algún centro comercial que abre los domingos  y que hay de camino a casa. Y además cruzo la puerta de mi hogar antes de las 10 de la noche.
  • Y por fin la *catarsis. El miedo absoluto. ¿Y si me pasa algo en la carretera porque la lluvia no me deja ver por la noche y  es mi último día en la Tierra? Y para mi sorpresa, mi reacción no ha sido la esperada prudencia, que suele dictar mi conducta, sino todo lo contrario. He pensado que pase lo que pase era mi momento y, precisamente por si era el último, iba a disfrutarlo y a vivirlo tal y como lo había soñado durante toda la jornada.

*[He buscado un par de definiciones y sin duda, ha sido una catarsis:
  1. Entre los antiguos griegos, purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación trágica.
 2.  Liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el    equilibrio nervioso. ]

 


¡Increíble! Más de 8 meses de depresión y de repente era capaz de darle la vuelta a la situación, y ahuyentar los pensamientos negativos que últimamente merodean por mi cabeza más de lo que me gustaría.

Así que he dejado mi mochila y el calefactor, (que llevo de aquí para allá cada fin de semana), en el maletero del coche. Me he puesto los guantes grises de lana, la capucha del abrigo y me he ido de paseo por la ciudad… tan contenta, y sobre todo tranquila y despreocupada. Segura con “mi” decisión.

No había casi nadie por las calles, que estaban preciosas con las luces navideñas, y que de repente me apetecía mirar con gusto, y no sentirme triste porque se acerquen estas fechas. Las calles sin coches. Podía cruzar sin esperar a que el semáforo estuviera verde para los peatones. ¡Estamos hablando de un domingo del mes de Diciembre en Madrid, en horario comercial y con todos los negocios de restauración abiertos! Algo impensable…

Me sentía como si la ciudad estuviese engalanada y abierta para mi… Y he seguido a rajatabla mi plan:

  • Paseo por la ciudad. Por las calles mejor iluminadas y las avenidas más amplias y bonitas del centro.
  • Ir a comprar la agenda que llevo necesitando desde hace unos días. Planifico cada trimestre justo el mes anterior. La que tengo de 2017 no incluye Enero del próximo año, y he acabado haciendo un calendario escrito en mi cuaderno de notas, pero no es muy práctico. Ya sé que tengo ordenador que tiene agenda, notas, procesador de texto, calculadora… pero me encanta el papel y puedo llevarla siempre conmigo a todas partes, además es un ritual que hago cada año, comprar una nueva agenda y marcar propósitos para el nuevo año. Sé que no todo se cumple, pero me ayuda a enfocarme y a programar mis objetivos. Lo cierto es que me funciona. Me motiva, me hace ilusionarme con lo que está por llegar, con las cosas que quiero cambiar, porque sé que solo depende de mi hacerlas posibles. Me ayuda a cerrar esta etapa tan complicada de mi vida, y me pone de nuevo en el camino, en el que yo he decidido y por el que tanto estoy luchando, mi proyecto como emprendedora, mi trabajo, que es lo único importante para mi en estos momentos.
  • Tomarme un café. Me gustan mucho las especialidades que Starbucks ofrece solo en navidad. Este año a elegir entre sabor avellana, jengibre o extra de chocolate. Cada año espero una reedición del de cerezas, pero no llega, así que he optado por el de avellanas. También una delicia… Ni un alma en el establecimiento, ni colas, ni esperas. Un lujo.  Y café en mano, disfrutando de esa leve brisa y pequeña llovizna intermitente, he llegado hasta una de mis librerías favoritas.
  • Elegir un libro. Mi premio mensual. No fumo, ni bebo alcohol, ni salgo a comer o a cenar. Disfruto enormemente de mi recompensa y la espero como una niña los regalos de navidad. Como siempre, he comprado solo uno, para no pasarme del presupuesto, pero he fichado 5 más, para las próximas veces… ¡Disfruto enormemente entre libros! Me inspiran, me hacen querer aprender cosas nuevas, me ayudan con sus consejos, me forman, me entretienen, me distraen, me acompañan en mis noches de soledad… ¡Imposible elegir solo uno cuando eres una mente inquieta, ávida de estímulos, respuestas y conocimientos!… pero lo hago, no sin mucho esfuerzo. Elijo 5 favoritos, luego los reduzco a 3, después me obligo a descartar uno y voy hasta la caja con 2. Y justo allí, en el último momento salvo uno de ellos. Pero guardo fotos de los otros 4 para no olvidarlos, por si me toca la lotería volver corriendo a por ellos.  Hoy el elegido es el que ilustra la portada de este post, un libro de Derren Brown, “Érase una vez… Una historia alternativa de la felicidad“. Un título que promete… Por cierto estoy intentando desengancharme del papel y pasarme a los libros digitales ó e-books, pero no puedo. Empiezo tomando notas de lo que me interesa y al final acabo copiando el libro casi entero en mi cuaderno. Necesito subrayar y hacer anotaciones, sobre todo en los de formación. Es cierto que son más baratos los digitales, y que puedes verlos en todos tus dispositivos (móvil, tablet, portátil y ordenador de sobremesa), pero prefiero poder llevarlo conmigo y abrirlo en cualquier lugar mientras espero el bus, o voy en metro. En fin… me cuesta cambiar… en este aspecto.

Todo esto no me ha llevado más de 2 horas. En las cuales he recibido 5 llamadas perdidas al móvil. Después de devolverlas, he descubierto que todas eran para ver si había llegado bien a casa.

Agradezco enormente la preocupación de las personas que en estos momentos me arropan y están pendientes de mi, de verdad que son muy importantes ahora que me siento tan vulnerable, pero he tomado la mejor decisión posible para mi, hacer caso a mi instinto…

He superado el miedo, he reflexionado sobre la prudencia de cada una de las opciones que planteaba mi cabeza, y he sido coherente con lo que deseaba, con lo que estaba viviendo en ese preciso momento, y con la posibilidad de asumir ciertos “riesgos” y tomar las decisiones correctas. Coherente conmigo misma…

Han sido 2 maravillosas horas, en las que me he abstraído del tiempo, he saboreado intensamente y con gusto mi café con sabor a avellanas, por primera vez me he alegrado de que sea Navidad, al ver las luces de la ciudad, y me he sentido realmente bien. Por fin me reconocía. Estaba bien. Apreciando el momento. Haciendo libremente lo que quería. Concentrada en sentir y responder a los estímulos, mis propios estímulos positivos y optimistas, como siempre han sido.

Y esta es mi reflexión de hoy, la que me ha llevado de nuevo a escribir públicamente. Porque escribo cada día, pero la desesperación y la tristeza no se pueden compartir, no me representan, solo es una etapa de mi vida que tengo que superar sola. Y no quiero que quede constancia. Así que es una buena señal que necesite de nuevo comunicarme. Espero no tardar tanto en volver por aquí…

Hoy he aprendido 3 cosas importantes para mi sobre:

  • El miedo. Siempre está ahí, pero debes sentir tu propio miedo, no empatizar con el miedo de los demás. No hay que tener miedo. El miedo te paraliza y hace que te pierdas muchas cosas importantes que puedes disfrutar en ese mismo día. No hace falta esperar. Si consideras que ese es el momento preciso para hacer algo hazlo, y no lo pienses, solo vívelo.
  • La prudencia. He aprendido que hay que hacer caso a tu intuición, aunque te equivoques, razónalo y sé consecuente. Auguraban temporal, pero aquí no se notaba, y mientras llegaba yo disfrutaba de mi vida. Posiblemente llegue esta noche… No he sido imprudente, he valorado la situación con datos objetivos, y he tomado una decisión que implicaba acertar sí o sí. Si podía volver a casa todo perfecto, y si no también, una noche en un hotel o en casa de alguna amiga tampoco era un mal plan.
  • La coherencia. No llovía a mares, no había un viento aterrador, ni siquiera hacía frío. Era la temperatura perfecta (justo la que más me gusta, fresquita, lloviznando y con una ligera brisa en la cara), y el estado emocional idóneo para consolar mi alma y deleitar a mis sentidos. El sabor del café, las preciosas vistas de la ciudad,  el olor a mojado y a libros nuevos, el tacto de la lana de mis guantes cubriendo mis manos, y el oído…, el último de los sentido del que he disfrutado enormemente al volver a casa.

Viendo que todo había ido como esperaba, que me sentía muy bien, que había disfrutado mucho de mi tiempo libre, el que yo había decidido tener solo para mi hoy, no podía más que estar contenta. Una de las cosas que más me gustan de vivir a las afueras es conducir y escuchar música para terminar la jornada. Y mientras sonaba a todo volumen No Suprise de Radiohead, una de mis canciones favoritas, que por casualidad han puesto en la radio, he vuelto tranquila a casa, sin temor, sin prisas, viendo caer la suave lluvia sobre el cristal y observando el movimiento del limpiaparabrisas. Un momento para recordar… un vivencia de la que aprender. Un buen día… que me ha enseñado que puedo seguir adelante sola con mi vida, y cambiar de rumbo en el camino solo con desearlo.

Buenas noches…..

 

 

 

 

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