La Sencillez y la Bondad

Afortunadamente desde que inicié este proyecto personal de compartir lo que escribo a diario para superar mi depresión, olvidando el pudor y sin miedo a lo que piensen los demás, los temas se agolpan en mi cabeza uno tras otro deseando ser plasmados aquí. El de hoy iba a ser un resumen de uno de los libros que estoy leyendo llamado “Convertirse en uno mismo“. Pero encontrar un texto esta mañana ha cambiado mis planes. Como podéis comprobar soy una persona versátil que se adapta a las circunstancias. Admiro a la gente que se planifica y  lo cumple a rajatabla. A mi me gusta cambiar de idea si la idea lo merece, emocionarme y compartirlo sin esperar a mañana, improvisar y dejarme llevar por las sorpresas que te regala la vida.

Y hoy el detonante es un texto de un maravilloso escritor al que admiro mucho: Antonio Muñoz Molina. El artículo se llama Amigos Portugueses y lo ha publicado el día 26 de Mayo en su página web. Como todo lo que escribe me parece de una sensibilidad y un sentido común extraordinario. Captó de inmediato mi atención solo por el título, porque habla de los portugueses, a quienes no tengo el gusto de conocer en profundidad, pero que cuando visito tu país, sea en la ciudad que sea, me hacen sentir tan bien como en casa. Adoro su educación, su saber estar, su paciencia, la sonrisa siempre generosa del que te recibe que luce en cada rostro, la delicadeza y sonoridad de su idioma, su música que se escucha por todas partes, escapándose por la ventana de la intimidad de las casas que siempre tienen abiertas para asomarse al mundo. Todas y cada una de las sensaciones que me despierta Portugal vienen a mi memoria cada vez que leo algo relacionado con este adorable país. Si a esto sumas que el artículo habla de dos músicos que acabamos de descubrir por fortuna para nuestros oídos y nuestra alma, pues miel sobre hojuelas.

El detonante de mi reflexión ha sido una frase sobre la modestia y la sencillez frente a la mediocridad. “La inmensa mayoría de las personas grandes de verdad, en cualquier campo, a las que he conocido, eran de una llaneza absoluta. Solo el mediocre quiere añadirse, a fuerza de arrogancia,  la estatura que le falta“.

Imposible expresarlo mejor. Coincido plenamente con su afirmación. Cada vez que he tenido la oportunidad de conocer a personas de un talento impresionante, que tienen puestos de trabajo de gran responsabilidad e importancia, de gran inteligencia sobre todo emocional, esas personas admiradas por su valía, son las más accesibles, amables y sencillas que te puedes imaginar. Lo curioso es que eso nos sorprenda, porque no debería ser una excepción sino la tónica general.

Admitámoslo, porque es una realidad, el mundo está gobernado por mediocres. Son los que crean tendencia, los que se convierten en ídolos de masas, los que consiguen hacer grandes fortunas, los que acceden a los mejores puestos de trabajo, los que llegan a desarrollar negocios de éxito. Los buenos se quedan por el camino o acaban resignados aceptando la triste y decepcionante realidad. ¿Pero qué nos pasa? ¿Qué es lo que nos deslumbra o tanto admiramos de este tipo de personas que nos venden como “triunfadoras”?

Yo no quiero ser una de ellas. Prefiero ser una persona honesta, discreta, sencilla y muy buena, sin tener envidias ni guardar rencores, transparente y cariñosa, a la que le gusta la gente tal y como es, y que no se compara con nadie para ver si es mejor o peor. Cada uno es como es.

Si hay una actitud que se repite hasta la saciedad es la prepotencia de los mediocres. Y os puedo asegurar que tengo tantos ejemplos que podría estar escribiendo un mes entero, con sus noches y sus días, y no terminaría de contar todas las veces que he sufrido la arrogancia de gente que se cree superior sin serlo. Sobre todo ahora. Las nuevas generaciones a las que han educado diciéndoles que ellos se lo merecen todo, que el mundo gira en torno a ellos, que son especiales, que tienen que buscar la felicidad y el éxito a toda costa, y que todo vale para conseguirla, llevan esta práctica hasta el extremo. Gente sin escrúpulos a la que no le importa pisar a los demás, y faltar a la ética personal y profesional, con tal de atribuirse el mérito de algo que no les corresponde. ¡Qué pena! Cuanta frustración y decepción van a generar estas prácticas sociales y educativas. Porque la vida es durísima y nadie te va a regalar nada. Gánate el reconocimiento con trabajo, esfuérzate por ser mejor persona y profesional y no te aproveches de los demás. Da igual que triunfes o no. Lo importante es que cuando hagas examen de conciencia, (que creo que ya nadie lo hace y es un maravilloso ejercicio), estés orgulloso de lo que has hecho y puedas dormir tranquilo.

Estamos creando un mundo de desperdicios, de basura que se acumula por todas partes, donde nadie limpia ni arregla nada. Todo se tira o se sustituye por algo ni siquiera mejor, simplemente nuevo. Nos olvidamos de que la novedad es efímera, algo solo es nuevo la primera vez, después deja de serlo y pasa a ser usado. Lo importante es el valor de las cosas, porque solo lo auténtico permanece para siempre. Busquemos la autenticidad, la bondad, la sinceridad, la ética, y no un superfluo éxito que se desvanecerá y tambaleará como las bases que lo sustentan, que han sido levantadas sobre el mérito de otros. En cuanto esa base deje de estar a su servicio lo perderán todo. Y de eso no nos damos cuenta.

No solo las cifras cuentan. Cambiaremos esto con hechos y palabras. Lo más importante de las empresas no son sus beneficios anuales, son las personas que las componen y lo que son capaces de hacer por ellas. Sin eso los países, las multinacionales, las economías no son nada. Nada de nada. Se vuelven vulnerables y sin valor. No me preocupa lo que pasa a estos niveles pero si lo que me rodea, lo que se está convirtiendo en cotidianidad y sus consecuencias. Familias deshechas, gente caprichosa, despidos en masa, falta de empatía y generosidad, egoísmo y  una cultura de alabanza y fomento del ego a niveles insospechados.

Y no hace falta tener talento para todo o para una sola cosa. Nuestros abuelos eran mucho más felices que nosotros y no tenían nada de nada comparado con todo lo que tenemos ahora. Solo un techo, una familia y mucho trabajo de sol a sol, al menos los míos que eran agricultores.  No se planteaban estos dilemas existenciales que nos atormentan, no le exigían nada excepcional a la vida (solo salud), agradecían todo lo que tenían. No se presionaban para conseguir tener un cuerpo 10, ni dejaban de comer cosas riquísimas que ahora tenemos prohibidas. No tenían que estar todo el día medio bizcos, por no decir ciegos, mirando una pantalla de 7cm del móvil para comunicarse con los demás y estar al día. Ni saber idiomas, (sobre todo inglés, porque parece que el resto no sirve para nada), o un trabajo del que presumir aunque les haga infelices, ni una mujer experta en artes amatorias (que por supuesto se las cobra en bienes), pero que todos quieren tener porque luce bien en el coche, en la moto o en la cena de empresa.

Todas estas metas ficticias y superficiales que la gente se plantea conseguir solo generan frustración e inseguridad. La felicidad no se consigue con esto, la felicidad es un estado de ánimo, es saber valorar lo que se tiene, no exigirle demasiado a la vida y aceptar con dignidad los palos del destino. Lo digo porque yo siempre me he considerado una persona feliz, por eso ahora me preocupa tanto mi estado anímico y me esfuerzo sobremanera por superar esta tristeza vital.

Eso sí mis abuelos tenían ese sentido de la responsabilidad que hemos perdido, de cuidar de lo suyos, de ser buenas personas (¡ser un buen hombre en un pueblo es un título honorífico!), de ser trabajador, honrado y generoso. ¡Qué riqueza! Si tuviésemos la mitad de sus valores tendríamos la mitad de nuestros problemas actuales resueltos.

Todos tenemos un talento y algunos hasta varios, pero ¿quien tiene que valorar o cuestionar si unos son más importantes que otros? Para mí el cocido hecho durante horas en la lumbre de mi abuela Francisca, es el manjar más exquisito que he probado en mi vida, (y hablo con conocimiento de causa porque me especialicé en periodismo gastronómico y he desgustado auténticas maravillas). La facilidad de mi tía Almu para hacerme sonreír aunque no quiera y que me gustaría ser capaz de tener para ofrecer a los demás. La bondad de mi prima Carmen que es capaz de hacer lo indecible para ayudarme y estar a mi lado sin exigir nada a cambio ni quejarse por nada. El cariño y lealtad de mi amigo Javier, un abuelito de mi pueblo que me llama por teléfono con frecuencia solo para saber como estoy, y recordarme que siempre estará ahí, como mi buen amigo que es, aunque yo ya no tenga tiempo para pasear y charlar con él. Esas actitudes o capacidades para mi son tan importantes como el talento (de hecho no entiendo la diferencia entre ambas). Yo no soy como ellos… no tengo tiempo para nada, solo pienso en trabajar, no sé darle la vuelta a una situación dramática y banalizar haciendo reír al que la sufre. No tengo la capacidad que tienen algunos para decir que no, ni la seguridad del que solo piensa en lo que necesita para ser feliz le pese a quien le pese, ni la constancia del que sueña y persiste…

Yo no quiero parecerme a esos ídolos de masas, solo quiero querer y que me quieran como soy. Sin más… Que acepten mi honradez y mi bondad, y que eso, lejos de verse como una oportunidad para aprovecharse y sacar partido, se vea como algo valioso que todos deberíamos practicar.

Por suerte el mundo no está del todo perdido, aun queda esperanza, y hay ejemplos que lo demuestran. En el artículo de Muñoz Molina hay un par de ellos, de personas con talento, que han obtenido el reconocimiento que merecen y que son llanas y cercanas, como Salvador Sobral, el ganador del Festival de Eurovision de este año contra todo pronóstico. Ni su aspecto, ni su tipo de música, ni mucho menos el hecho de cantar en su idioma natal, el portugués, hacían preveer que iba a salir elegido como vencedor. Pero tenía lo necesario para despertar la sensibilidad de cualquiera. Una bonita voz y y una preciosa canción, todo lo demás no importaba. Estamos hablando de música y de su valioso, eterno e imparable poder para despertar sentimientos, hables el idioma que hables. Algo que a los que pensamos de forma diferente, y tenemos una especie de radar para detectar el talento y la sensibilidad, nos llena de orgullo y satisfacción, y nos hace soñar con que otro mundo es posible. Hay que saber leer las señales, y la victoria de Salvador Sobral en el Festival de Eurovision es una de ellas… todo puede cambiar… todo es posible… lo haremos posible… hagamos un mundo mejor, empezando por nosotros mismos y fomentando determinados valores en los que creemos.

No dejes de leerlo…

Por cierto hoy es el cuarto día del resto de mi vida y este es el cuarto artículo que escribo para compartir contigo… La terapia funciona. Me expreso y eso me hace pensar menos en mis penas. Todo un avance si pienso en como estaba hace tan solo 4 días. Sigo luchando contra ella… la depresión… ¡Venceremos!

Un buen comienzo de semana… me siento orgullosa de poder decir alto y claro que soy una buena persona, que me esfuerzo por serlo, y que si no hacemos algo al respecto este mundo lo gobernarán los mediocres ambiciosos y sin escrúpulos, y luego no podremos quejarnos… Empecemos por uno mismo y todo lo demás vendrá solo…

Ya no quiero esconder la cabeza debajo de la tierra como un avestruz, ni fingir que no soy lo que soy, como las protagonistas de la novela de Muriel Barbery “La elegancia del erizo“. Seamos nosotros mismos e intentemos mejorar. Creo que cultivar la bondad y la sencillez es un buen comienzo. Porque ambos son bienes escasos en nuestros días y eso los convierte en tremendamente valiosos… al menos para mí.

Disfrutad del lunes… yo también lo haré…

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Foto: AP Photo/Efrem Lukatsky

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