Reacciones…

Después de publicar ayer un pequeño artículo a modo de reflexión sobre mí y mi vocación de escritora, lo quité en menos de una hora. El pudor… la inseguridad… o ambas hicieron que pensase que no quería dejar huella de mi tristeza, porque en él aparecía una palabra que he evitado durante mucho tiempo: “Depresión”.

Un término que mi madre usa hasta la saciedad y que yo me negaba siquiera a mencionar. No porque no haya tenido etapas de mi vida en las que he pasado por ella, sino porque no me gusta ir de víctima por la vida, ni regodearme en el dolor aunque sea justificado y lógico.

Pero esta vez he tocado fondo. He tenido momentos críticos en los que una gota hace que el vaso se colme, acabe derramándose y tú seas incapaz de controlar el líquido que sale de él, en este caso de mis ojos, o más bien de lo más profundo de mi corazón. Sucedió el pasado miércoles a primera hora de la mañana. Yo iba conduciendo mi coche, a recoger a mi madre en la parada del autobús. Ella venía cargada con 3 maletas y no puede andar bien, de hecho usa bastón. Justo cuando salía de la curva, que precede a la recta de la carretera donde está ubicada la parada, vi que el autobús se aproximaba al fondo y pisé el acelerador, para evitar la regañina por no estar 10 minutos antes esperando “por si acaso”. Justo en ese momento percibo, en medio de la recta, entre el autobús rojo y mi coche, un chaleco amarillo fosforito que me echa el alto. Sí, le vi claramente, pero hice caso omiso. Solté el coche deprisa y corriendo enfrente de la parada y cuando el agente de la Guardia Civil se acercó a mí frunciendo el ceño por mi descaro le dije con todo el aplomo del mundo: “Discúlpeme un momento, tengo que ayudar a mi madre a bajar del autobús”. Y me fui hacia el maletero del vehículo a recoger las maletas y a ayudar a mi madre a bajar.

De repente, según avanzaba hacia el agente, se me empezaron a llenar los ojos de lágrimas, no se si de la tensión o de la rabia. Y empecé a llorar desconsoladamente. Imagínate la escena, el agente explicándome que había sobrepasado el límite de velocidad y que el radar me había captado justo después de la dichosa curva. ¡Con lo prudente que soy yo! No me gusta correr, respeto las normas, nunca aparco en un lugar indebido…

El pobre Guardia Civil atónito no sabía ni que decirme… intentaba consolarme diciendome que no pasaba nada, que solo eran 50€. Que si en vez de a 90 hubiese ido a 91km me había multado con 300€ y quitado 2 puntos del carnet de conducir. Así que entre lágrimas, mocos colgando hasta la barbilla y vergüenza, le dije al agente que no era por la multa, que estaba pasando una mala racha. Ahora me rio sin parar pensando en la escena. Yo con el clinex llora que te llora y el agente diciéndome que todo pasa, que hay que ser fuerte, que tenga ánimo. ¡No daba crédito! Seguro que fui la comidilla de todo el cuartel. Y encima en un pueblo donde todos te conocen. En fin… que no sé bien qué pasó, pero mi madre me miraba con cara de pena sin entender muy bien qué había pasado ni mi reacción desproporcionada.

Ahí supe que de verdad estaba tocando fondo, y que aunque otras veces había pasado por cosas muy duras, esta vez era diferente. Me siento agotada, decepcionada y he perdido mi energía vital, hasta el punto de que no tengo ni apetito (y eso que lo que más me gusta en el mundo es la comida), lo cual te hace tener menos energía y estar mucho más cansada, como enferma. Lo cierto es que solo quiero dormir y no despertar.

Ayer me sentía bastante intranquila, como incapaz de soportarlo. Y decidí escribir mis reflexiones en este diario virtual en vez de en mi cuaderno. Sinceramente pensé que nadie lo leería. Que solo era un ejercicio de cura para mi alma dolorida. Para soltarlo y que no quede dentro dando vueltas y mareándome. Y al final me puse a escribir para compartirlo.

Me sentía como la escena de la película francesa Amélie cuando sentada en la mesa camilla frente a su padre le mira a los ojos y le dice:

“Tuve dos infartos, un aborto y tomé drogas duras durante mi embarazo. Aparte de eso, estoy bien.”

Y después de semejante confesión, su padre sigue absorto en sus preocupaciones como si nada. Ni la escucha, ni siquiera la mira…

Algunas veces he hecho algo similar. Incluso en algunos artículos que escribo en mi blog y en la revista daba pistas para ver si lo leían y había algún tipo de reacción, y siempre pasa lo mismo. Da igual que digas que estás mal… o no te escuchan o no quieren escucharte. ¡Con lo que cuesta reconocerlo! Sobre todo si eres una persona curtida en mil batallas, poco sensiblera y bastante dura, que afronta siempre la vida y sus problemas con optimismo y siempre encuentra salida y soluciones para poder seguir adelante.

Pero hoy ha cambiado mi perspectiva  sobre este tema. Esta mañana he recibido un mensaje de alguien a quien aprecio mucho, que está suscrito a este diario y que había recibido por mail la notificación de la publicación de una nueva entrada. Y me avisaba de que aunque había podido leerlo en su correo electrónico no funcionaba el enlace. Además me animaba a seguir con el trabajo en el diario y decía que leería mis escritos.

Por supuesto le contesté al momento explicándole que lo había publicado y después decidí quitarlo. Esa es básicamente la diferencia entre ser o no ser escritor. Compartirlo. Porque como os contaba ayer escribir escribo todos los días. Superar el miedo y la vergüenza y hacer públicos tus escritos, pensamientos o reflexiones  no es nada fácil. Incluso aunque sean ficción. Es como exponerse a ser juzgado, a la crítica, y lo que es peor a la indiferencia.

Así que el artículo de ayer vuelve a estar visible. Para bien o para mal. Es algo que pasó ayer y que es real. Un punto de inflexión que marca el comienzo de una nueva etapa. Una intención… la de escribir para los demás. Y creo que eso es algo muy importante.

Aunque uno se sienta insignificante y crea que no tiene nada que decir, o que aportar, eso no es del todo cierto. Sé que mis palabras pueden ayudar a otras personas que no saben expresar sus sentimientos, que pueden identificarse con algunas situaciones o estados de ánimo. Y si este pequeño sacrificio de hacerlo público y no guardarlo para mí sirve para que alguien se sienta menos solo, o menos distinto, habrá valido la pena. Porque al fin y al cabo eso es lo que nos diferencia del resto del mundo animal, nuestra capacidad para comunicarnos y expresar lo que sentimos. Eso para mí significa ser un ente racional, no solo que piensa sino que se comunica.

Este en el segundo post del segundo dia de esta nueva etapa en la que quiero mostrare más abierta y compartir mis reflexiones con lo demás. Un ejercicio que, además de ser bueno para mi alma y servirme de desahogo, me ayuda a coger esa costumbre que tenemos los que queremos ser escritores de escribir todos y cada uno de los días de nuestra vida.

La foto de hoy es un libro en inglés que lleva mi nombre escrito. Me encanta la portada. Lo elegí para la tienda de Madrid pero he decidido llevármelo a casa. Porque no hay escritor que se precie que no lea ávidamente y yo lo hago. Y esta será mi compañera de viaje la próxima semana que voy a reencontrarme con mi querida Provenza en Francia. Pero esta es otra historia…

Disfrutad mucho del día…

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